Observatorio Epicuro - Quién es Epicuro?


EPICURO

 ALGUNOS DATOS BIOGRÁFICOS,
CUATRO PALABRAS SOBRE LA FILOSOFÍA DE DICHO
SEÑOR Y UN COMENTARIO A MODO DE CONCLUSIÓN

 

 1.- Algunos datos biográficos. 

Parece ser que Epicuro, hijo de Neocles y Querestrata, nació en el año 341 a. C. -y utilizamos esta cronología tan sólo para entendernos, en lugar de hablar de años de las Olimpíadas, que quizás es lo que correspondería- en Atenas (aunque hay quien dice que no es imposible que naciera en Samos, la supuesta patria de Pitágoras, donde sus padres -de Epicuro- se habían establecido, como colonos en tierras confiscadas, no se sabe a a ciencia cierta en qué año). A sus dieciocho, en el 323 a. C., tras la muerte de Alejandro III el Magno en junio de aquel mismo año, Epicuro se fue a Atenas a cumplir el servicio de la ephebia, es decir, la instrucción militar, en alguna de las fortalezas del Ática (compañero suyo de efebía fue el comediógrafo Menandro). En el año 321 a. C., tras el refuerzo del poder macedonio, y una vez liberado de sus obligaciones militares, se marchó a Colofón, al norte de Samos, donde debían de haberse establecido sus padres. Y si digo tan a menudo «parece ser y supuesto/a o es probable o posible o quizá» es  simplemente porque, de hecho, aquello que se menciona no se sabe con certeza, como nada en esta vida vuestra…

Estuvo en Colofón del año 321 al 311 a. C.  Es probable que fuera al principio de este periodo cuando oyó, en la muy cercana isla de Teos, a Nausífanes, a quien él denominaba «Medusa» a causa de su supesta insensibilidad, además de que, según la tradición, fuese discípulo ahora de Demócrito y luego de Pirrón. De Colofón, se dirigió a Mitilene, en la isla de Lesbos, donde empezó a enseñar (conquistó a Hermaco, quien le sucedería en la dirección del Jardín) y tal vez polemizó con Praxífanes, un aristotélico. Es posible que Epicuro despertara una fuerte hostilidad por sus enseñanzas. Ello explicaría su marcha repentina a Lámpsaco, al norte del estrecho del Helesponto, donde permanecería del año 310 hasta el año 306 a. C.  Allí, reunió a un grupo de oyentes, que luego le seguirían a Atenas. Regresó a Atenas y,  en el año 306 a.C., fundó allí su escuela, el Jardín (finca que compró por ochenta minas, según cuenta Diocles; una mina era una sesentava parte de un talento, que equivalía a  unos 6.000 dracmas; por lo tanto, una mina eran 100 dracmas; el dracma era una moneda griega de plata y de peso escaso, variable; modernamente, hasta la entrada en vigor del euro, era la unidad monetaria griega, y equivalía a alrededor de una peseta), justo cuando la Academia y el Liceo atravesaban momentos difíciles. El Jardín de Epicuro fue fundado poco antes que el Pórtico estoico.

Los discípulos de Epicuro estuvieron enseguida muy unidos alrededor del Maestro, de sus enseñanzas y del modo de vida que éste propugnaba en su Jardín: culto a la amistad (y no sólo con hombres, como solía suceder en la Academia y en el Liceo, sino también con mujeres), frugalidad (volveremos a insistir sobre ello más adelante), práctica del ágape en común, y fiesta cada día 20 de mes, para celebrar el nacimiento de Epicuro. Del año 306 al año 270 a. C. , fecha de la muerte de Epicuro, parece ser que la comunidad vivió pacífica y tranquilamente. Durante ese período, el Maestro redactó gran número de tratados (alrededor de 300, según Diógenes Laercio) de todo tipo (además de las  Cartas y de las Máximas capitales), y, pese a la fragilidad de su salud, sobrepasó la edad de setenta años.

La posteridad de Epicuro fue bastante considerable durante toda la Antigüedad; sus enseñanzas teóricas y la forma de vida propugnada por él siguieron fortaleciéndose mutuamente, de modo que se produjo una pronunciada evolución, sin que fueran puestos en duda los dogmas fundamentales de la escuela. Sin embargo, el epicureísmo conoció en Roma, en el siglo I  a. C. (sic) una notable expansión alrededor del círculo político de los Pisones, con la figura intelectual destacada de Filodemo de Gadara, autor de varios tratados y cuyos papiros nos  han revelado importantes fragmentos epicúreos. Aunque poco se sabe del personaje en cuestión, el más conocido de los epicúreos romanos es, por supuesto, Lucrecio, gracias sin duda alguna a su notable poema De natura rerum (De -o Sobre- la naturaleza), que constituye un resumen y al mismo tiempo un complemento de los desarrollos teóricos de Epicuro.

 

2.-Cuatro palabras sobre la filosofía de dicho señor.

La introducción más breve y más densa a la filosofía de Epicuro está constituida por aquello que la escuela epicúrea ha denominado tetrafármaco, es decir, «cuádruple remedio» -comprendido en la Carta a Meneceo y en las cuatro primeras Máximas capitales, y formulado así-:

 «No es preciso temer a los dioses; la muerte no debe ser motivo de preocupación; mientras que el bien resulta fácil de obtener, el mal resulta fácil de soportar.»

 En este cuádruple remedio están concentradas las principales prescripciones éticas del Maestro, y cualquiera que sea capaz de comprenderlas y de alinearse con ellas puede pretender practicar la filosofía como la entiende Epicuro.

Las enseñanzas de Epicuro, que defienden que cualquiera puede lograr la felicidad, implica una gran progresividad: la doctrina se halla desarrollada en círculos cada vez mayores -o, a la inversa, cada vez  menores, lo cual, de hecho, era su intención; es decir, empezar con la exposición completa y llegar a las fórmulas condensadas, a modo de recordatorio- desde la fórmula condensada (como es el caso del «tetrafármaco» o de las Máximas capitales), que ofrece de inmediato el corazón mismo de la verdad filosófica, pasando por los resúmenes (las Cartas), hasta los tratados propiamente dichos: lo que la filosofía da  a conocer, hay que aplicarlo.

Así, pues, la filosofía epicúrea se preocupa sobre todo de elaborar una ética. Antes que nada, no obstante, és preciso señalar que el epicureísmo no es una filosofía materialista. No sólo Epicuro jamás reivindicó tal cosa, sino que su doctrina no se deja analizar como un materialismo radical. Epicuro divide la filosofía según el esquema tradicional (lógica, física y ética: hablaremos de ello más adelante), pero introduce en él algunas modificaciones. Su sistema completo comprende la canónica (o doctrina de la dialéctica y doctrina del conocimiento), la física y la ética (o doctrina del alma y de su comportamiento). Por lo que respecta a la física, es evidente que Epicuro la basa en la asunción del doble principio de la existencia de los átomos y del vacío, siguiendo los pasos de Demócrito. Pero,  matiza que la reducción de todo a los átomos y el vacío no permite explicar las propiedades de la realidad tal como se nos aparece. Así pues, la posición teórica de Epicuro es profundamente anti-reduccionista. No pretende reducir el comportamiento humano a un simple mecanismo, a un juego de átomos. Las nociones, los razonamientos y las voliciones no pueden descibirse de modo adecuado en términos estrictamente materialistas: a Epicuro le hace falta un flujo de simulacros que le proporcione la unidad  de la imagen (phantasia).  Aunque es posible reducir todas las cosas a átomos y al vacío (atomismo), dicha posibilidad de pensamiento tiene también  un alcance ético. Por medio de dicha reducción, siempre se pueden  limitar los motivos de angustia: el miedo a los dioses, a la muerte, a la desgracia y al  sufrimiento (he aquí el «cuádruple remedio»). Por otro lado, al defender la tesis de la verdad absoluta de las sensaciones (sensualismo), Epicuro indicaba el camino de un conocimiento crítico y prudente, porque proviene de las sensaciones. Asimismo, al reducir toda acción a la búsqueda del placer (hedonismo), encarando con ello al hombre con el único fin que tiene todo animal, uno se ahorra cualquier ilusión sobre el animal-hombre. La reducción  en ambos casos tiene una utilidad: en efecto, necesitamos una etiología general y simple para alcanzar la ataraxia, la ausencia de trastornos que designa por negación la felicidad (también hablaremos de ello luego, claro). Por lo tanto, irreductible a un puro atomismo, a un puro sensualismo y a un puro hedonismo, la filosofía de Epicuro resulta asequible a todo el mundo, pero también es bastante sutil.

Parece ser que Epicuro empezó a filosofar muy joven, cuando contaba con doce o catorce años, según cuenta Diógenes Laercio, y preguntó a sus maestros de dónde procedía el Caos primordial que evoca Hesíodo al principio de su Teogonía. Por otro lado, se distinguió por su actitud crítica radical hacia los filósofos y por su vocación de autodidacto. No obstante,  parece ser que siguió varios cursos de distintos maestros (platónicos, aristotélicos, democritianos, pirrónicos…), de quienes siempre deseó desmarcarse a causa de su propia autoproclamada vocación de «autodidacto». Rechazaba la paideía (o educación institucional del niño) y defendía la fusologia («estudio» de la Naturaleza, que no « ciencia»(=epistéme), término que Epicuro rehuía con sumo esmero), encaminada a alcanzar la ataraxia, es decir, la ausencia de trastornos, expresada positivamente como «paz del alma». Por lo tanto, la física de Epicuro está subordinada a su ética, pese a que no es secundaria a ella. La ética consiste en estudiar las condiciones que permitan alcanzar el bien por excelencia, la felicidad. De hecho, en Epicuro, la ética no proviene del estudio de la Naturaleza, sino que la incluye como una pieza maestra, ya que el estudio de la Naturaleza permite lo que es lo principal, la tranquilidad del alma.

Pero el estudio de la Naturaleza no es en sí mismo la ética. Es evidente que esta explora el conjunto de los elementos determinantes para alcanzar la felicidad. Así pues, traduce de manera práctica los resultados del estudio de la Naturaleza y los convierte en preceptos, que, en sentido médico, tratan las partes del hombre que hay que curar: el alma y sus trastornos, y también el cuerpo, cuyos dolores no deben obstaculizar la paz que persigue el alma. Es claro que el cuerpo y el alma son solidarios y, si nos ocupamos de uno, nos ocupamos  de la otra.

La novedad de la actitud de Epicuro es este modo de completar el estudio de la Naturaleza, de ver en él la elaboración activa del fin ético, y ello permite hacer que su doctrina resulte accesible al mayor número posible de personas.

Así, el análisis ético no se basa en principios que reduzcan el comportamiento humano a una simple mecánica: la ética no puede basarse en un principio autónomo de la acción.

La «canónica», que procede de la palabra «canon», a partir de la que Epicuro había titulado una de sus obras, dedicada a la exposición de la teoría del conocimiento, no es un simple sustituto de la lógica, sino que desarrolla una función muy distinta, puesto que presenta una teoría empírica del conocimiento y no una teoría formal del razonamiento.

Así pues, no puede estar separada por completo de la física.

Epicuro no intentó constituir un cuerpo doctrinal compartimentado: al contrario, lo que sorprende en él es la continuidad existente de un dominio al otro. Lo que denominamos canónica, física y ética no pueden ser pensados de modo independiente.

Pudiéramos decir, sin embargo, que, según Epicuro, el estudio de la Naturaleza (la física) se centra en la sensación, y que la ética se centra en el criterio de afección: el estudio de las condiciones de acción reconoce como fundamentales el placer y el dolor. Pero una división tan estricta no nos sirve, cuando nos adentramos en la «canónica», el sujeto que conoce y sus facultades de conocimiento.

De Epicuro, autor de numerosas obras, sólo nos quedan, conservadas enteras, las tres Cartas (a Herodoto, a Pitocles y a Meneceo), las Máximas capitales y una colección de 81 sentencias, denominado Sentencias vaticanas. Hemos recibido sus textos, exceptuando esta última colección, de Diógenes Laercio, quien los cita en el libro X de sus Vidas de los filósofos.

 3.- Comentario a modo de conclusión.

Es cierto que, como muy bien señala don  Emilio Lledó (Sevilla, 1927), el tal Epicuro ha sido manipulado (y su filosofía también) a lo largo de los siglos. Permitidme personalizar por un instante. Me parece muy mucho que el encargo que don Jordi S. me hizo, debiera habérselo hecho a un señor experto como don Emilio Lledó (ya lo recomiendo ahora, pero insistiré en ello más tarde, ¿o antes?), que entiende mucho acerca de la cuestión y, además, lo explica muy bien. Dejemos aparte las posibles reclamaciones por «daños» a terceros e intentemos centrarnos en lo que ahora nos ocupa.

Sí, en efecto; es claro que el  señor Epicuro ha sido manipulado desde el principio. Y no podía ser de otro modo, puesto que, como dice Fernando Pessoa (¿¿Persona??): quienes piensan con la razón son unos distraídos, quienes piensan con la emoción son unos dormidos y quienes piensan con la voluntad están muertos; ¿qué queda?: la imaginación, dice él.

Por otro lado, como decía una película japonesa: «Es mejor irse cuando alguien te pide que te quedes; o bien, y acerca de esto, véase el final de Valle-Inclán: "¡Cuánto tarda esto!": «Lo que ocurre es que morir tampoco es tan sencillo…»

Dice don Lledó que tal vez lo que importa de Epicuro es el cuerpo: Dice Dylan Thomas: «Mi cuerpo es mi aventura y mi nombre.»

Acaba don Lledó hablando del ¿Qué es? y del ¿Qué tienes? (sin mencionar, sin embargo, aquello de «tanto tienes, tanto vales»). Y del bienestar y del bienser, pero habla poco de lo que los chinos dicen del dominio de la Naturaleza y del dominio del conocimiento, y de la distinción entre información, conocimiento y saber. Ya sé que no somos nadie para pedirlo, pero nos atrevemos. ¿Se avendría a hablar de ello? ¡Nos gustaría! Y tal vez a V. también…

Es asimismo muy conocida la frugalidad de Epicuro, desde la adquisición del baratito Jardín hasta las cartas de agradecimiento por haber recibido un queso de regalo, y hasta su defunción definitiva, tras años de parálisis (parece que lo que le sucedía es que no orinaba lo bastante, ¡caray!) y de escribir más de trescientas obras filosóficas, como si nada.

Es cierto también que Epicuro tuvo sus diferencias con los estoicos (los futuros cristianos) por causa de su (de él o de todos un poco) visión de los dioses: no creía en la providencia de éstos; los había -y él era un fiel adorador de ellos-, pero no se preocupaban demasiado de nuestros asuntos, de los de los humanos, claro, ni de premios ni castigos.

¿Cómo podemos entender aquello del Maestro Epicuro cuando dice: «procura pasar desapercibido»? ¿De borrarte? ¿Volvemos a Pessoa?: «El fuerte se rebela; el sabio renuncia; el noble calla.»

¿Y el lenguaje? Dejémoslo aparte, por favor; ¡no hablemos más de él! No hace falta.

Ahora, tras este exabrupto, tal vez fuera conveniente volver a centrarnos: vamos a  intentarlo.. ¡Pero no lo juro…¿eh?! Y que nadie se lo tome a mal, que como decía vuestro amigo Vázquez Montalbán, «contra franco, vivíamos mejor…», y quizá sea verdad y necesitemos un enemigo más o menos cordial, que nos rebata y discuta, porque, al fin y al cabo, como mujercitas, así existimos, ¡qué caray!

Fíjate: poesía eres tu, que decía el otro, pero dejémoslo para el final, quiero decir aquello de Lope de Vega, que esto es un encargo serio: Volvamos a ello.

Decía, pues, que he tratado no hacer una cosa erudita: no he hablado de Platón, ni de Aristóteles, ni de los sofistas, ni del humanismo, ni de Gassendi, ni de los mundos, ni de Bruno, ni de Paracelso, ni de la duda, ni de las cosas, ni de las palabras, ni de San Agustín, ni de la religión, ni de Descartes, ni de matemáticas, ni de la decrepitud, ni de apriorismos, ni de Foucault, ni de Leibniz, ni de existencialismo, ni de conceptos, ni…, que, para esto ya hay expertos y universitarios… ¡Y Rabelais, quizá….! ¡Basta y a la labor!

De hecho, Epicuro defiende el dualismo o parte de él: cuerpo-alma (que nuestro amigo Lledó convierte en ánimo…), dolor-placer, felicidad/existencia-ocultación/eclipsamiento (no sé bien si esto es dual o no), optimismo-pesimismo…

¿Y la enfermedad y la muerte-paz y tranquilidad? ¿No hay lugar para el monismo y Dios? ¡Viva el «Yo» (¿monista?)! ¡Dominemos el mundo y la Naturaleza!

El filósofo, analista político contemporáneo y doctor en psicoanálisis Slavoj Zizek, en su obra la Subjectivité à venir (Éd. Flammarion, 2006), dice: «En la buena y vieja RDA era imposible que una persona combinara estas tres características: la convicción (creer en la ideología oficial), la inteligencia y la honradez. Convencido e inteligente, no eras honrado; inteligente y honrado, no podías ser alguien convencido; convencido y honrado, no eras inteligente. ¿No se corresponde esto también con la ideología de la democracia liberal?» Y yo pregunto:¿y con la filosofía de Epicuro, si se convierte en hegemónica?

Decía Epicuro que uno no es jamás demasiado joven ni demasiado viejo para filosofar. Eso siempre viene bien. Siempre conviene.

Veamos: habíamos dicho que Epicuro habí tenido sus más y sus menos con los estoicos.

Pues bien, resulta que ello es más que evidente en el caso de la división de la filosofía. Dice éste que aquellos comparan la filosofía con un ser vivo (otros le llaman «animal»): la lógica (que él convertirá en la «canónica») corresponde a los huesos y a los nervios, mientras que la ética corresponde a la parte musculosa, y la física, al alma.  O bien a un huevo (¡ya volvemos a estar con aquello  de los huevos!), donde la cáscara sería la lógica, la clara, la ética, y  la yema, la física. También hacen comparaciones con un huerto e incluso con una ciudad. Pero no todos ellos, dice Epicuro, sino que los hay que sitúan en primer lugar la lógica, luego la física y, por último, la ética (regla que él seguirá, más o menos).

No volveremos a insistir en lo de la frugalidad del Maestro Epicuro y de su moral o ética. No disponemos de otra fuente importante para conocer la moral de Epicuro más que la breve Carta a Meneceo.

La Carta no es tanto una exposición sistemática como un conjunto de cuestiones  acerca de las cuales el epicúreo debiera meditar día y noche para vivir como un dios entre los hombres. En esta moral hay, por un lado, la proclamación de que la finalidad es el placer, cosa que buscan de modo natural tanto los animales como el hombre, que, además, rehúyen el dolor desde que nacen y sin haberlo aprendido de nadie; por otro lado, el sabio es aquel que logra la ausencia de trastornos (ataraxia), la paz del alma, la tranquilidad, que se consigue suprimiendo la agitación de los deseos y los miedos que asaltan a la mayoría de la gente. Sin embargo, esta ataraxia no nos es presentada como una finalidad. La única finalidad que jamás admitió Epicuro fue el placer. Ello dio pie a que, desde el principio, se considerara que los epicúreos eran hombres entregados a los deseos desenfrenados, que eran unos libertinos. El propio Epicuro protestó con energía contra lo que él consideraba un malentendido: «Cuando decimos que el placer es la finalidad, no nos referimos al placer de los libertinos ni de los que se limitan a disfrutar de los placeres.» Epicuro admitía un solo placer, el placer corporal, el de la carne y el vientre. Suprimía, pues, los placeres del espíritu. De hecho, esta concepción bastante inesperada del placer corporal tiene relación con la delicada salud de su autor. Y, cuando nos dice que el auténtico placer es un placer en reposo, hay que entender, sin duda, que se refiere a aquel feliz equilibrio del cuerpo que se da en la salud y la satisfacción de las necesidades naturales.

« Todo polacer, dice Epicuro, es un bien por naturaleza; pero todo placer no es escogido por la voluntad; asimismo, todo sufrimiento es un mal, pero no todo sufrimiento puede evitarse voluntariamente.»

La representación de un placer pasado ya es un placer. Inversamente, el recuerdo de penas pasadas o el temor son penas presentes. Sabemos  hasta qué punto Epicuro combatió los temores causantes de los mayores males de los hombres: el temor a los dioses y a la muerte. Por suerte, si el alma es mortal, no es preciso temer ni a unos ni a la otra. Para entender bien esta actitud de Epicuro, hay que destacar que no sólo debía combatir contra quienes temían a la muerte como el peor de los males, sino también contra los pesimistas que, como Teognis, consideraban que «lo mejor fuera no haber nacido; y, si no, una vez nacidos, atravesar cuanto antes las puertas del Hades», según menciona Diógenes Laercio. La nada debe ser más deseada que temida.

Vemos, pues, que la ética o moral de Epicuro consiste en una serie de fórmulas o ejercicios que impiden que nuestro pensamiento divague y nos lleve, en perjuicio nuestro, más allá de los límites fijados por la Naturaleza (señalo aquí, tras haber utilizado numerosas veces la palabra y el concepto, que escribo casi siempre Naturaleza con mayúscula, para distinguirla de la naturaleza de las cosas).

De estos ejercicios mencionados nacen las virtudes, inseparables de la  vida de placer y, en particular, de la prudencia, «más preciosa que la propia filosofía». Todas nuestras virtudes sólo son medios para permitirnos vencer las penas; en particular, la justicia, cuyo mayor fruto es la ataraxia.

Epicuro admite, pues, una especie de derecho natural. En general, el epicúreo, aunque no se niega taxativamente a participar en la vida política, como mínimo, procura vivir «oculto» y ser un simple particular.

Volvamos a la frugalidad, si queréis. ¿Es preciso que sea perpetua? La verdad es que no lo sabemos, pese a que el Maestro dio ejemplo de ello (¿forzoso?).

Dejemos esto, de momento, y hablemos de lo que dice Carlo Ginzburg en Miti emblemi spie (Giulio Einaudi ed., Torino, 1986).

Dice: « El cuerpo, el lenguaje y la historia de los hombres fueron por primera vez sometidos a una investigación sin ningún a priori, que excluía por principio la intervención divina. De este cariz decisivo, que caracteriza la cultura de la polis, todavia somos herederos, claro.» Supongo que quiere decir lo mismo que nuestro amigo Lledó, nunca lo bastante ensalzado ni valorado (y no le debo nada en metálico, que conste….): Epicuro nos sorprende porque rompe con toda una tradición de anticosas y anticuerpos, por culpa de unas costumbres y unos dioses muy enraizados y establecidos dentro y fuera de nosotros.

Y, una vez llegados aquí, parece que hay que hacer el homenaje entero al señor Lope de Vega:

SONETO DE REPENTE

(De «La Niña de Plata»)

Un soneto me manda hacer Violante;

en mi vida me he visto en tal aprieto,

catorce versos dicen que es soneto

burla burlando van los tres delante.

Yo pense que no hallara consonante

y estoy a la mitad de otro cuarteto;

mas si me veo en el primer terceto,

no hay cosa en los cuartetos que me espante.

 Por el primer terceto voy entrando,

y aun parece que entré con pie derecho,

pues fin con este verso le voy dando.

 Ya estoy en el segundo, y aún sospecho

que estoy los trece versos acabando:

contad si son catorce, y ya está hecho.

 

Ya sé que estas no son maneras de concluir un encargo serio, pero qué le vamos a hacer… No obstante, y para que no se diga, quisiera señalar que eso de Epicuro debe tener su «qué» revolucionario y debe servir para el hombre (y la mujer, ya puede verse  que soy políticamente correcto, que no más…) y su libertad personal y/o individual y/o colectiva (si es que tal cosa tiene algún sentido, que yo no lo sé a ciencia cierta).

De todos modos, lo terminaé todo con un poemilla que un día empecé a esbozar y que viene a decir:

 

HOMBRE:

Inspira

Espira

Respira

Aspira

Conspira

Transpira

 Se pira

Suspira

Es pira

Expira

 Mentira (o pavesa)

 

 y traducción al catalán de Montserrat Jufresa, Barcelona, Bernat Metge, 1975.

Diògenes Laerci, Vides dels filòsofs, traducción y edición de Antoni Piqué Angordans, 2 vols. en catalán,  Barcelona Editorial Laia, 1988. 

Hay más bibliografía en el libro de don Emilio Lledó.

4.- Bibliografía sucinta

 Emilio Lledó, El Epicureísmo, Santillana-Taurus, 2003. El primer copyright del autor de esta obra es del año 1984, y el penúltimo del año 1995.

 Epicur, Lletres, texto