Observatorio Epicuro - Reflexiones Generales

 Lo más importante del cristianismo, desde un punto de vista social e històrico,

no es cristo sino la iglesis...

Bertrand Russell



En España escribir sobre la religión es complicado, ya que normalmente no nos referimos a la espiritualidad sino al poder, no por un determinado prejuicio sino por la evidencia que la Iglesia católica ha sido aquí un problema de poder y no del espíritu. Por desgracia. Por reiterarse tanto, normalmente se piensa que todo es pura fabulación; por eso echaremos un vistazo a cuál ha sido el papel de la iglesia católica. Según Pierre Vilar, el mayor gran señor del suelo en tierras de Castilla y primer propietario feudal era en el siglo XVI el clero.[1] En el siglo XVIII, según Josep Fontana, la situación de las propiedades de la iglesia era la siguiente: “Las tierras del clero producen aproximadamente la cuarta parte de los ingresos brutos de la agricultura, sus rebaños, la décima parte de los de la ganadería; el clero recibe casi las tres cuartas partes de las rentas hipotecarias y casi la mitad de los ingresos inmobiliarios y señoriales, entre ellos una cuarta parte de los alquileres urbanos”. Y sintetiza su estimación diciendo: “Se puede creer que el clero percibe en España entre un sexto y un quinto de los ingresos globales”.[2] No es extraño, pues, que llegase un momento en “que podía advertirse que el auténtico problema residía en el hecho de que la Iglesia poseyese una gran parte de la riqueza agraria española y la explotase mal, frenando un crecimiento económico de signo moderno y, consiguientemente, las posibilidades de que el estado aumentase sus ingresos”.[3] De hecho, fue el momento de la quiebra de la monarquía absoluta. No es extraño que en ese contexto, en el que gran parte de la población estaba sujeta a unos señores feudales que los mantenían en el límite de la subsistencia, se generasen toda clase de conflictos. Ocultando informaciones esenciales sobre el papel del catolicismo en España se conseguía que “la historia de lo que ha sucedido se explique generalmente en los términos en que la han definido esos «otros» a quienes interesaba que la conducta de sus contrincantes apareciera como irracional, violenta e incoherente”.[4] Esta es una de las razones que explican que cuando los campesinos quieran acabar con los “malos usos” sean excomulgados por los obispos, o que cuando los propios campesinos, años más tarde, quieran acabar con los cabreves –“resúmenes que obraban en los registros de los censos o derechos que los señores obtenían y que, a petición de ellos, declaraban los censatarios explicando la razón y origen de las posesiones que tenían sujetos a censo”–,[5] quemándolos, aparezcan como personas irracionales.

En los últimos tiempos se han generado una serie de lugares comunes y frases hechas que han hecho fortuna, por ejemplo: “No puede entenderse nuestra cultura sin la aportación de la religión católica” o “no es posible entender el arte sin tener cultura católica”. Frases que contienen cierta parte verosímil pero que se utilizan como coartadas para mantener los privilegios de la jerarquía católica. Además, el franquismo y su ideología, el nacionalcatolicismo, han borrado de raíz cierto hilo conductor de la historia, haciéndonos creer que antes del cristianismo nada existía.

Sin ánimo de exhaustividad, pondremos algunos ejemplos para desmitificar la contribución de la iglesia a la cultura. El primero: hay quien cree que es imprescindible mantener la realización de pesebres en las escuelas, no sea que acabemos con la cultura. La desorientación de algunos católicos llega a no querer entender a los demás: “No se trata de ocultar el pesebre sino de invitar al niño musulmán a verlo, y no ocurre nada, no le pasará nada por cantar que «Jesusito era rubio y blanquito».[6] ¿No sería mejor ver cómo podemos ser respetuosos, eso sí, desde una perspectiva radicalmente laica? Digamos que el pesebre, por el que tanta presión hacen algunos padres nacionalistas y católicos para que se hagan por Navidad en las escuelas públicas, en realidad llegó por vez primera a España en el siglo XVIII traído por el rey Carlos III de la tradición italiana de Nápoles.[7] El segundo ejemplo: los capuchinos niegan la ley de la gravedad de Newton. El argumento es que las gotas de agua se resisten a caer de las hojas.[8] El tercero se refiere a las enseñanzas en la Universidad de Cervera en 1783-86, cuando los capuchinos no aceptaban a Copérnico para reivindicar a Tycho Brahe, quien afirmaba que los planetas giran alrededor del Sol y este a su vez gira alrededor de la Tierra.[9]

De entrada se da por supuesta una tradición cultural católica desde hace 2000 años, como si antes no hubiera existido nada de nada. El homo sapiens sapiens tiene más de treinta o cuarenta mil años[10] y, pese a que hiera la autoestima de los ignorantes, compartimos con él más cosas de lo que suele suponerse. Pero la cristianización del país no vino de la mano de los pobres sino que en las “comunidades cristianas no predominaban los humildes, como se dice en ocasiones, sino que estaban integradas por una muestra representativa de la población urbana del mundo grecorromano, con dirigentes que procedían de sus sectores más educados y prósperos (en Hispania, por ejemplo, la cristianización comenzó ante todo por las clases altas, lo que explica que los obispos fuesen con frecuencia aristócratas)”.[11]

Tampoco son ciertos muchos de los mitos sobre la persecución de los cristianos, más propias del cine de Hollywood que de la cultura: “Serán precisas persecuciones y campañas militares –ahora son los paganos los que son arrojados a las fieras o quemados por los cristianos. [...] Lo que habitualmente denominamos la conversión al cristianismo ha sido en muchas partes algo limitado a las capas dirigentes urbanas. En el campo sobrevivía lo que la Iglesia llamaría paganismo”.[12] Pagano o payés en realidad es lo mismo ya que pagus significa aldea y paganus “aldeano” o rústico.[13] Así pues, la despectiva expresión de cultura pagana vendría a significar “cultura popular”. A partir del siglo VIII los antiguos mitos y rituales germánicos van asociándose a sus equivalentes cristianos.[14]

Pero al margen de que una parte muy importante del pueblo viviera de espaldas a este proceso de cristianización, se han dado además en nuestra historia muchos movimientos realmente alternativos al poder del catolicismo, a los que se ha tildado de heréticos. Uno de ellos, el catarismo: “¡Qué diferencia entre esta Iglesia ávida de ganancias y la de los cátaros! Una Iglesia que no exige tributos, ni excomulga, ni encarcela, ni mata; que no está comprometida con los señores feudales, sino que pone en duda la legitimidad de su poder; en cuya doctrina cabe perfectamente ese mundo de creencias ancestrales del campesino y cuya conducta se aproxima a los ideales de pobreza evangélica”.[15] Una iglesia, además, con un importantísimo papel de las mujeres. Por ello los cátaros “habrían sido precursores de los protestantes e incluso de los revolucionarios”[16] y es esta la razón de que precisamente ahora volvamos a redescubrir socialmente su existencia.

Dando un salto, veremos cómo las resistencias al poder de la iglesia han existido siempre y pese a que se han querido silenciar, censurar o callar, nos quedan bastantes rastros; por ejemplo, en 1804 el barón de Maldà escribía: “Los muchachos de Barcelona [...] no aman más que la libertad, e independencia, y se burlan casi de todo el mundo, sea eclesiástico, noble y caballero, según las depravadas máximas republicanas de la Francia, que han apestado y siguen apestando nuestro Reino de España...”[17] No tiene que extrañar, pues, que en la primera ocasión que se tiene “el primer acto de los revolucionarios de 1820 será el asalto de la cárcel de la Inquisición, la liberalización de los presos, la destrucción de los archivos e incluso, en el caso de Barcelona, se llegará a la demolición del edificio”.[18]

Podríamos afirmar que a partir de 1800 existen sectores sociales populares que luchan por la libertad, los derechos humanos y el sufragio universal. Esta minoría se irá ampliando hasta culminar en 1820 y especialmente en 1835 en la revolución liberal que significará el fin del antiguo régimen. No será hasta 1868 y el sexenio revolucionario cuando las ideas liberales se convierta en hegemónicas.

La lucha por el registro civil, por los cementerios civiles, por los matrimonios civiles, por los derechos de la mujer y de los trabajadores es un proceso que continúa en el siglo XIX hasta nuestros días. Pondremos ejemplos de estas luchas. En mayo de 1904 los regionalistas del Ayuntamiento de Barcelona quieren subvencionar el Corpus.[19] Al negarse los republicanos, el escándalo “de la derecha católica y la de jerarquía eclesial fue monumental”.[20] Odón de Buen pide que se eliminen todas las subvenciones a los establecimientos de carácter religioso.[21] El ayuntamiento republicano, a partir de 1903, cuando se democratiza (1901-1903), deroga la prohibición de que circulen tranvías y carruajes el jueves y viernes santo.[22] Abanderados de la derecha clerical como Francesc Cambó critican la iniciativa.[23] Lo mismo sucede con el intento de abrir en Barcelona una capilla protestante.[24]

Por lo tanto, al llegar a 1931 y hasta 1939, existe una mayoría de ciudadanos que desean la separación de la iglesia y el estado y se declaran librepensadores, laicos, liberales, no creyentes, etc. Es evidente que no contamos con encuestas de esas épocas, pero elementos como las preferencias de voto y su ideología nos muestran tenues rastros. Podríamos rememorar el dietario del barón de Maldà, por ejemplo, pero también muchas de las quejas de la jerarquía católica sobre el nacimiento de la nueva clase obrera cada vez más alejada de planteamientos clericales. De hecho, sus organizaciones siempre han sido fuertemente laicas.

Parece evidente que la cultura está empapada de catolicismo, por desgracia. Ahora bien, ha existido una clara resistencia a lo largo del tiempo que ha intentado luchar contra la institución que más se ha opuesto al avance del humanismo en todas sus expresiones: culturales, sociales y políticas.

Uno de los primeros políticos socialistas o protosocialistas que intentaron la separación simbólica del poder político del religioso podría ser Abdó Terrades, alcalde de Figueres hacia 1842, pasando por Francesc Pi i Margall, a quien Friedrich Engels consideró el primer socialista en España, que reivindicó asimismo con contundencia[25] la separación entre iglesia y Estado, hasta llegar a la etapa de la II República.

Queda patente, pues, que el poder de que goza hoy la iglesia no se deriva de su audiencia real entre la población sino de los privilegios que sigue teniendo debido a la existencia de una clase política amedrentada y que teme plantearse seriamente la separación de la iglesia respecto del Estado de una vez en todas las esferas de la vida pública.[26] Que continúen vigentes el Concordato de 1953 firmado por el ministro de Franco Martín Artajo y los acuerdos concordatarios de 1976 y 1979 es una vergüenza que solo se explica por la cobardía. La iglesia, por otra parte, es consciente de los fenómenos que hemos descrito, pero solo conoce aquí una forma de volver a ser mayoritaria: la fuerza y la espada. Nunca la iglesia ha querido mostrarse de forma empática y cuando algunos sectores de la propia iglesia han querido discurrir por ese camino han tropezado con el poder de la jerarquía. Quien ha destrozado la cara amable y moderna del catolicismo no ha sido un inexistente movimiento radical laicista –como se quiere hacer creer– o una supuesta secularización que nunca se sabe qué quiere decir, sino la fuerza del poder eclesial que ha rechazado y perseguido las posiciones católicas comprometidas con las clases populares. Creemos que si actualmente la iglesia católica se percatara de que con imposiciones no va a ninguna parte –una meta que creemos no ver nunca– ya no llegaría a tiempo. Demasiados años lanzando mensajes incomprensibles y atemorizadores en una sociedad mucho más preparada y que poco a poco va perdiendo el miedo.

No hemos visto en ningún sitio un supuesto resurgir del hecho religioso, de lo que algunos denominan el retorno de las religiones. Pese a los datos, hay un gran movimiento con mucha repercusión en los medios de comunicación que cree que “la religión vuelve a estar de moda”: “No podemos caer en la confusión de pensar que la crisis de la Iglesia equivale, automáticamente, a la crisis de la religión. [...] Existe una floración y efervescencia de nuevos movimientos y manifestaciones religiosos”.[27] “¿Es posible que hayan aparecido nuevas formas de religiosidad?”[28] Creemos estar ante un deseo más que ante una realidad. Sin embargo, tienen razón cuando afirman que “se ha incrementado la importancia de las religiones en las relaciones internacionales y en la política”,[29] pero este fenómeno no puede considerarse positivo. El resurgimiento del fundamentalismo cristiano o musulmán no parece una ventaja sino un gran problema. Nos dicen que los “fundamentalismos religiosos, nos guste o no, son ahora mismo los movimientos que más crecen”.[30] Está claro, el problema es que a cualquier defensor de los derechos humanos no nos pueden gustar los talibanes, por ejemplo. Por lo tanto, esta es una moda –a nuestro entender– perniciosa, muy perniciosa. Aunque en otros lares puede tratarse efectivamente de un fenómeno a tener en cuenta –casi nunca positivo–, es más un deseo que una realidad.

Además, no creemos que la evolución que hemos descrito genere problemas de referentes morales. Solo quienes creen que fuera de la religión no existe moral pueden pensar que tenemos hoy un problema con los jóvenes. ¿Alguien puede afirmar hoy que existe más creencia en la superstición que durante el nacionalcatolicismo? ¿Nadie recuerda la extensión de los curanderos y del “mal de ojo”? Hay gente preocupada por falsos problemas. Uno de ellos, que con la secularización estamos abocados a la inmoralidad. Ahora ya casi nadie se atreve a decir que fuera de la religión no existe moral, sino que se dice más finamente utilizando una frase de Chesterton: “Cuando uno deja de creer en Dios, el problema no es que ya no crea en nada; el problema es que parece convertirse en capaz de creer absolutamente en cualquier cosa. [...] Se diría que cuando uno deja de creer en Dios se pone a fabricar ídolos o falsos dioses”.[31] ¿Acaso existen dioses verdaderos? Otros explican lo mismo con pretensiones sociológicas: “En momentos así, en que el sentido de la trascendencia entra también en crisis, arrastrado por la quiebra de las instituciones, tampoco resulta muy extraño que gran parte de esta juventud pierda por el camino, también, los valores sociales universales y de compromiso, en la medida en que están vinculados, precisamente, con un sentido y una trascendencia de los que buena parte de los jóvenes de hoy se muestran cada vez más huérfanos”.[32] No vemos en nuestro horizonte ninguno de esos síntomas de catastrofismo. Quizás el problema es que algunos autores añoran tiempos pasados y los mitifican presentándolos como nunca fueron. ¿Los jóvenes de antes no estaban “huérfanos de valores sociales universales y de compromiso”? ¿Cuándo era ese “antes”?

Da la sensación de que existió un gran salto al llegar la democracia y que, poco a poco, las generaciones educadas en libertad han ido reconstruyendo el paisaje moral y espiritual de este país. Tal vez nos falta perspectiva, pero los últimos diez años de feroz intromisión de la iglesia en los asuntos colectivos de forma tan reaccionaria han acelerado un proceso que en sí mismo era ya imparable.

¿Cuánto tiempo tardará la gente en darse cuenta de que la laicidad es el mejor terreno en el que arraigar espiritualidades sinceras? ¿Cuánto tiempo tardarán aún las elites políticas y periodísticas en despojar de sus privilegios a una organización que ya no representa gran cosa y que, además, quiere jugar el papel de construir a su alrededor una extrema derecha, tal y como nos explicaba hace setenta años Carles Cardó? ¿Y cuándo veremos que al hablar de pluralidad religiosa o espiritual alguien recuerde que los no religiosos somos mayoría?




[1]                                                           Vilar, Pierre. Catalunya dins l’Espanya moderna. Curial-Edicions 62, Barcelona, 1986, p. 244.

[2]                                                           Fontana, Josep. La quiebra de la monarquia absoluta, 1814-1829. Ed. Ariel, Barcelona, 1983, p. 190.

[3]                                                           Op. cit., p. 29.

[4]                                                           Fontana, Josep. La construcció de la identitat. Editorial Base, Barcelona, 2005, p. 107.

[5]                                                           Carreras Costajussà, Miquel. Elements d’història de Sabadell. Ediciones de la Comisión de Cultura, Ayuntamiento de Sabadell, Sabadell, 1932, p. 147.

[6]                                                           Estruch, Joan y Griera, Mª del Mar. De la secularització al pluralisme, o de quan la religió torna a estar de moda. Seminario del 6 al 15 de noviembre de 2006. Auditorio de Caixa Sabadell, Sabadell, Fundación Caixa Sabadell, 2007, p. 131.

[7]                                                           Rodríguez, Pepe. Mitos y ritos de la navidad. Ed. Grupo Zeta, Barcelona, 1997, p. 72.

[8]                                                           Serra de Manresa, Valentí. Els caputxins de Catalunya, de l’adveniment borbònic a la invasió napoleònica: vida quotidiana i institucional, actituds, mentalitat, cultura (1700-1814). Herder, Barcelona, 1996, p. 159.

[9]                                                           Op. cit., p. 171.

[10]                                                         Fontana, Josep. Ante el espejo. Ed. Crítica, Barcelona, 1994, p. 9.

[11]                                                         Op. cit., p. 29.

[12]                                                         Op. cit., pp. 32 y 38.

[13]                                                         Rodríguez, Pepe. Mitos y ritos de la navidad. Ed. Grupo Zeta, Barcelona, 1997, p. 11.

[14]                                                         Op. cit., p. 137.

[15]                                                         Fontana, Josep. Ante el espejo. Ed. Crítica, Barcelona 1994, p. 69.

[16]                                                         Pániker, Salvador. Variaciones 95. Plaza-Janés, Barcelona, 2002, p. 103.

[17]                                                         Amat, “Calaix de sastre”, 12 de diciembre de 1804, en Fontana, Josep. La quiebra de la monarquía absoluta, 1814-1829. Ed. Ariel, Barcelona, 1983, p. 217.

[18]                                                         Fontana, Josep. La quiebra de la monarquía absoluta, 1814-1829. Ed. Ariel, Barcelona, 1983, p. 356.

[19]                                                         Pérez-Bastardas, Alfred. Barcelona davant del pressupost extraordinari de cultura de 1908. Ed. Mediterrània, Barcelona, 2003, p. 19.

[20]                                                         Op. cit., p. 20.

[21]                                                         Op. cit., p. 28.

[22]                                                         Op. cit., p. 24.

[23]                                                         Op. cit., p. 25.

[24]                                                         Op. cit., p. 26.

[25]                                                         En Cataluña, para reivindicar la libertad, los derechos humanos, los derechos laborales, el sufragio universal, los derechos de la mujer, las libertades nacionales, la recuperación de nuestras instituciones, los derechos de la infancia, incluso para la reivindicación del románico catalán, etc., ha habido que ser anticlerical. Por ello casi todos los dirigentes catalanes de izquierdas lo han sido.

[26]                                                         Con notables excepciones, como Daniel Fernández (PSC), que publicaba un artículo reclamando con firmeza la separación real entre iglesia y estado.

[27]                                                         Estruch, Joan y Griera, Mª del Mar. De la secularització al pluralisme, o de quan la religió torna a estar de moda. Seminario del 6 al 15 de noviembre de 2006. Auditorio de Caixa Sabadell, Sabadell, Fundación Caixa Sabadell, 2007, p. 16. Coinciden en esta idea otros muchos como: Mellén, Teodor y Sáez, Lluís. Joves i valors. Què mou els nostres joves? Fundación Lluís Carulla, colección Observatori dels Valors. Ed. Barcino, SA, Barcelona, 2007, p. 174.

[28]                                                         Estruch, Joan y Griera, Mª del Mar. De la secularització..., op. cit., p. 17.

[29]                                                         Op. cit., p. 47.

[30]                                                         Op. cit., p. 51.

[31]                                                         Op. cit., p. 32.

[32]                                                         Mellén, Teodor y Sáez, Lluís. Joves i valors. Què mou els nostres joves? Fundación Lluís Carulla, colección Observatori dels Valors. Ed. Barcino, SA, Barcelona, 2007, p. 176.