Observatorio Epicuro - Cuatro notas sobre el integrismo católico

Lo más importante del cristianismo, desde un punto de vista social e històrico,

no es cristo sino la iglesia...

Bertrand Russell


Uno de los ideólogos integristas más significativos de finales del siglo XIX, Fèlix Sardà i Salvany, escribió un libro en 1884 que se convertiría en un símbolo: El liberalismo es pecado. En este libro se escriben cosas como las siguientes: “Los peligros que en estos tiempos corre la fe del pueblo cristiano son muchos [...]; el Naturalismo... Llámese Racionalismo, Socialismo, Revolución o Liberalismo [...]”;[1] “¿Qué es el liberalismo? En el orden de las ideas es un conjunto de ideas falsas; en el orden de los hechos es un conjunto de hechos criminales [...]”;[2] “Ser liberal es más pecado que ser blasfemo, ladrón, adúltero u homicida [...]”;[3] “El Laicismo ha sido una herejía singular de estos últimos tiempos, que han tenido contra sí la saña de todos los que aborrecen a Jesucristo”.[4]

Tales ideas son el fundamento de la ideología franquista: “Urge, pues, oponer a la pluma, la pluma; a la lengua, la lengua; pero principalmente al trabajo, el trabajo; a la acción, la acción; al partido, el partido; a la política, la política; a la espada (en ocasiones dadas), la espada”[5] y “estas razones son precisamente las que han de mover y forzar a todo buen católico a predicar y sostener contra él, cueste lo que cueste, abierta y generosa cruzada”.[6] La idea de usar la espada y construir una cruzada comienza a hacerse oir. Como podrá verse en la nota a pie de página, el citado libro no había quedado en el olvido sino que vuelve a reeditarse periódicamente; de hecho, la edición que utilizamos es de 1936.

En 1932 el catedrático de pedagogía catequística del Seminario Conciliar de Barcelona Joan Tusquets publica Orígenes de la revolución española, un fundamento ya muy claro de lo que será la historiografía franquista posterior; en el prólogo, Cipriano Montserrat, catedrático de teología del Seminario Conciliar de Barcelona, escribe: “¿Qué había, qué sigue habiendo detrás del delantal o, si se quiere, del mandil del ex coronel Francisco Macià?” En este libro tal vez se fundamenta la historiografía iniciada por el abad Barruel sobre la revolución francesa: la tesis del complot. Veamos algunos ejemplos. “La Constitución [de 1931] se ha limitado a rebozar la infame y plebeya desnudez sectaria, con fórmulas jurídicas elegidas entre las peores leyes extranjeras [...]”.[7] “España se sintió lo bastante fuerte para arrojar los microbios que la intoxicaban” [se refiere a la expulsión de los moriscos] [...]”.[8] “Macià debe mucho a los soviets y a los masones en el campo político”.[9]

Las soluciones planteadas en 1932 son claras y dan miedo sabiendo lo que hoy sabemos: “Cuando esto suceda, echad las campanas al vuelo, porque estará a punto de nacer una época de paz”.[10] “Y cuando todo el cuerpo eclesiástico goce de salud orgánica, habrá sonado la hora del intervencionismo”,[11] para rematar: “Será juego de niños barrer la podredumbre que nos ahoga”.[12] Tusquets fue invitado a la inauguración del campo de concentración de Dachau en 1933 y a su regreso dijo que “lo hicieron para enseñarnos lo que teníamos que hacer en España”.[13]

La cruzada nacional católica de la dictadura franquista ha sido un éxito. A menudo se habla de la cruzada y del nacionalcatolicismo pero pocos se detienen a analizar qué significó. Se depuró a profesores universitarios, maestros y funcionarios y todos debían jurar fidelidad al nuevo régimen fascista y católico. Los demás murieron, fueron encarcelados o tuvieron que exiliarse. La iglesia católica fue clave en ese proceso de atemorización de los ciudadanos. Como nos explica Jordi Font, en muchas parroquias de Girona podemos hallar parte del éxito de la cruzada en la brutal actitud de la iglesia en los años de la posguerra. Muchos ciudadanos se vieron obligados a participar de manera forzosa en las obras de reparación de numerosas iglesias.[14] Además, los curas formaban parte de un sistema de delación en que se fundamentaba el control social de la iglesia durante los años de la dictadura. Por ejemplo, el cura del Estartit decía en un informe sobre sus feligreses: “La asistencia a la Santa Misa los domingos y días festivos antes de la Revolución era de un 5 % escaso. Poco después de entrar los Nacionales en este pueblo, un 75 %, actualmente cumplen un 40 %”.[15] El cura de Ordis, un pueblo de 400 habitantes, escribía en 1941: “Fallan al precepto Pascual unas 8 mujeres y 30 hombres”.[16] En muchos casos en sus informes los párrocos “exigían más dureza a las autoridades locales...”[17] El cura de Boadella, pueblo de 248 habitantes, hacía en 1944 un esfuerzo de sinceridad: “Si bien es verdad que la asistencia a la Santa Misa y el cumplimiento Pascual ha tomado un favorable incremento, resulta no obstante que se nota una falta de fe algo acentuada y parece ser que los feligreses obran más que por motivo religioso al impulso político”.[18] Según el autor del libro acababan teniendo una visión integrista “que se acercaba a una visión paranoica de la vida”.[19]

Todavía hoy no se ha producido una declaración oficial de la iglesia católica pidiendo perdón por sus crímenes, como nos explica el historiador y monje de Montserrat Hilari Raguer. Era obligatorio ir a misa, para ser funcionario o cualquier cargo institucional había que pasar por un proceso de depuración y demostrar firmes convicciones católicas. Las misas y la enseñanza de la religión se hicieron obligatorias en todas las escuelas. Se prohibieron las demás religiones y desapareció la libertad de culto de la II República. En definitiva, la recristianización propuesta a sangre y fuego dio sus resultados y de ahí que la población sea prácticamente católica al 100 %.

Es sorprendente cómo después de cuarenta años de dictadura y treinta de democracia aún ha quedado en la opinión pública la idea de que hubo una gran persecución religiosa durante la II República, dando a entender que la respuesta de la iglesia, en forma de cruzada, estaba justificada. Ahora que la iglesia española vuelve a decir que está perseguida, tal vez deberíamos empezar a cambiar nuestra mirada retrospectiva sobre el pasado.

La izquierda ha subestimado el nefasto papel de la iglesia católica en la vida de nuestro país. Incluso buena parte de la izquierda marxista, cuando existía, afirmaba que no entendía por qué la clase obrera concienciada y organizada era anticlerical (anarquista, socialista o comunista). Quizás ahora todos esos niñatos empezarán a entender que aquellos pobres obreros organizados que apenas pudieron estudiar eran mucho más lúcidos que los intelectuales de los años sesenta y los de ahora. ¿Qué sabían aquellos pobres obreros que no sepamos ahora? (Max Aub, La gallina ciega).[20] Ahora vuelve a verse con claridad que solo la iglesia puede nuclear una potente extrema derecha. Todo eso ya estaba escrito en La gran renuncia.[21] Quien fuera hombre de confianza del obispo Vidal i Barraquer, Carles Cardó, lo dejó escrito ya a inicios de los años 1940 pese a que no se publicó hasta 1994; leer su testimonio en nuestros días estremece: “De ahí vino que entre el pueblo, a menudo entre la clerecía, el nombre de católico significase menos una confesión religiosa que un partidismo político, y por cierto uno particular y justamente antipático al juicio cristiano de la gente: el de una extrema derecha violenta”.[22] La izquierda ha sido menos valiente que Cardó al juzgar el papel de la iglesia en la Guerra Civil, todos han querido pasar de puntillas: “Las repercusiones sacrílegas que tuvo en la zona republicana recaen, pues, en gran parte sobre la conciencia de los promotores del fratricidio colectivo, entre los que se encontraban algunos jerarcas eclesiásticos”.[23] Apunta directamente a los obispos de Barcelona, Girona y Lleida.

Ahora que la jerarquía eclesiástica mantiene un potente espíritu de extrema derecha propagado por la COPE podemos entender lo que nos explicaba Carles Cardó hace muchos años. Al final resulta que Cardó –como años antes hizo Joan Maragall– sabía por qué existía un ambiente anticlerical entre las clases populares, mientras los tertulianos todavía no lo saben: “Las turbas no quemaron las iglesias sino después de que aquellos sacerdotes hubieran quemado la Iglesia”.[24]




[1]                                                           Sardá y Salvany Félix. El liberalismo es pecado. Librería y tipografía católica, SA. Madrid, 1936, p. 12.

[2]                                                           Op. cit., p. 17.

[3]                                                           Op. cit., p. 24.

[4]                                                           Op. cit., p. 156.

[5]                                                           Op. cit., p. 163.

[6]                                                           Op. cit., p. 13.

[7]                                                           Op. cit., p. 127.

[8]                                                           Op. cit., p. 132.

[9]                                                           Op. cit., p. 151.

[10]                                                         Op. cit., p. 202.

[11]                                                         Op. cit., p. 199.

[12]                                                         Op. cit., p. 201.

[13]                                                         Preston, Paul. Botxins i repressors. Els crims de Franco i els franquistes. Editorial Base, Barcelona, 2006, p. 104.

[14]                                                         Font i Agulló, Jordi. ¡Arriba el campo! Unidad de Publicaciones de la Diputación de Girona, Girona, 2001, p. 79.

[15]                                                         Op. cit., p. 83.

[16]                                                         Op. cit., p. 85.

[17]                                                         Op. cit., p. 85.

[18]                                                         Op. cit., p. 87.

[19]                                                         Op. cit., p. 84.

[20]                                                         Max Aub. La gallina ciega. Diario español, Barcelona, Alba Editorial, 1995.

[21]                                                         Cardó, Carles. El gran refús. Editorial Claret, Barcelona, 1994.

[22]                                                         Op. cit., p. 53.

[23]                                                         Op. cit., p. 67.

[24]                                                         Op. cit., p. 54.