Memoria del futuro

MEMÒRIA DEL FUTURO

De los pasados perdidos
a los futuros posibles

Xavier Domènech i Sampere
Jordi Serrano i Blanquer

..los campos devastados no son estériles
y yo, que callo entre silencios, hablaré

(Joaquim Amat-Piniella, Cambra fosca, Mauthausen, 1940)[1]

 

 

1. ¿Qué es la Memoria del futuro?

Este es un proyecto para analizar, actuar e intentar ensayar nuevos futuros. Y queremos hacerlo mirando al pasado, para poder ver el presente y vislumbrar los futuros (im)posibles. Nuestro deseo es aportar una determinada visión de las continuidades y rupturas a partir del análisis que realizan las generaciones de la memoria colectiva de tal modo que podamos imaginar futuros posibles de la mano de personas que han ejercido activamente la ciudadanía y que acaban conformando una concepción izquierdista de la mentalidad colectiva del pueblo. Nos volcaremos en un pequeño aspecto del antifranquismo juvenil, dentro de un vasto y muy complejo ámbito. Pero como nos dice Josep Fontana: “Lo que se necesita es voluntad para mirar y entender el mundo, y la capacidad para lograrlo está en los ojos que miran, no depende del tamaño de la ventana por la que nos asomamos para verlo”.[2]

La articulación del antifranquismo social y político tuvo ya desde sus orígenes un intenso carácter juvenil que impregnó toda su realidad y no solo a sus organizaciones específicamente de jóvenes. Las primeras redes de resistencia de los años cuarenta estaban conformadas, en este sentido, por militantes pertenecientes a las organizaciones juveniles del período republicano. Personas que, coincidiendo con los momentos más duros, asumirán tareas organizativas de primera línea, verán también cómo la represión más intensa se cebará en ellos. En la misma senda, serán las nuevas generaciones de trabajadores y de estudiantes de los años cincuenta los que reiniciarán, tras una larga posguerra, una nueva conflictividad social y política cuyos puntos álgidos serán el primer ciclo de huelgas obreras iniciada en 1956 y la nueva conflictividad estudiantil que conducirá a los hechos del Paraninfo de 1957. Realidad que eclosionará en los años sesenta con la emergencia de nuevos movimientos sociales, cuando las nuevas generaciones volverán a jugar un papel clave. En un momento en que, a la vez, se iniciará el camino hacia la gestación de un movimiento específicamente juvenil imbricado en los barrios y la articulación de un tejido social de entidades que será clave para la difusión y socialización en los valores democráticos en plena dictadura. De hecho, al igual que el antifranquismo político durante los años setenta tendrá ya un amplio componente de dirigentes y militantes jóvenes, en el caso del antifranquismo social este resulta incomprensible, incluso en la propia construcción institucional de las instituciones democráticas, sin la amplitud y fuerza que adquirió el movimiento juvenil a lo largo del período denominado “transición”.

 En este marco cualquier intento de comprensión de nuestro pasado para poder pensar históricamente nuestro presente y futuro requiere la articulación de las fuentes, su preservación y difusión, que den cuenta del fenómeno del antifranquismo en su globalidad y la participación de los jóvenes en el mismo, último elemento al que se dirige específicamente el presente proyecto. Al respecto, se trata de una cuestión que afecta a la misma posibilidad de reconstrucción de la historia de la que fue una de las experiencias más intensas de lucha por la libertad y la democracia, aunque también es una cuestión que afecta a los propios tejidos y posibilidades de articulación de la Memoria Democrática de nuestro país. En este sentido la relevancia del fenómeno del compromiso de las sucesivas generaciones de jóvenes en la lucha por las libertades sociales y políticas permite conectar las experiencias del pasado y su memoria con las nuevas generaciones del presente, construyendo puntos de referencia y significación que solidifiquen los valores democráticos entre los jóvenes de hoy en día.

Así pues, miraremos el pasado y nos centraremos asimismo en la aportación de los jóvenes al antifranquismo, desde los primeros resistentes en las épocas más heroicas hasta los últimos tiempos en que, por mucho que quiera negarse, se necesitaban idénticas dosis de heroísmo. Y veremos también cómo seguramente los jóvenes, dada su idiosincrasia más cercana a la acción política basada en principios, fueron los primeros en percibir las mutaciones que se estaban operando en este terreno. Así pues, intentaremos hacer prospectiva no fundamentada en deseos sino en los comportamientos, actitudes y valores de los jóvenes que nos informen como un barómetro sobre quiénes somos y adónde vamos comos comunidad. Los jóvenes son un espejo en el que se miran las sociedades adultas, unas veces con esperanza, otras con la decepción de quienes no saben que los jóvenes, en parte, solo son lo que las generaciones anteriores han creado, reinterpretando y transformando los legados para construir nuevos futuros. 

Queremos superar los esquemas simplistas y los clichés dogmáticos, única forma de desvelar la razón crítica que, utilizando, entre otras, la memoria como herramienta de conocimiento, puede permitirnos la plasmación del proceso de construcción del futuro. Y queremos hacerlo desde posiciones muy claras. Coincidimos con Josep Fontana en la imperiosa necesidad de alejarse de la “historiografía de supervivencia”[3] que se situaba a la defensiva. Si durante el franquismo podía tener sentido, ahora, y desde hace muchos años, ya no. A la izquierda le ha tocado durante demasiados años reconstruir la razón democrática y no ha dedicado suficientes esfuerzos –la tarea era ingente– a recuperar además su propia memoria. Solo con un gobierno de izquierdas se ha participado institucionalmente en aniversarios como el de Mauthausen.

En tal marco somos partidarios de lo que Hobsbawm denomina un “partidismo legítimo”[4]. Por ello queremos plantearnos la recuperación no de todas las memorias, sin ninguna decisión ética sobre las mismas, sino de la memoria democrática, es decir, de la memoria republicana.

¿Por qué recuperar memoria? Cuando en determinados sectores sociales se dice que mejor no recuperar la memoria de la oposición, se parte o bien de la ignorancia o bien de la mala fe. Durante 40 años nos estuvieron martilleando con la historia de los vencedores, y cuando en 1977 pudo recuperarse la memoria democrática no se hizo. El proceso político que condujo a la democracia no permitió saldar todas las cuentas pendientes con el pasado. Pero si eso correspondía a la realidad de aquel proceso, no puede condicionar la necesidad de la articulación de una cultura cívica-democrática en nuestro presente con referentes en el pasado. A una memoria democrática débil corresponde a su vez una democracia deficitaria e igualmente débil.

Cuando hablamos de memoria del futuro tratamos de elementos intangibles y de elementos tangibles, de las ideas y de la materia, de la memoria y de los comportamientos actuales. La memoria es, pues, un intangible y los valores y actitudes fijan las memorias proyectándolas en la creación de la comunidad del futuro tanto material como espiritualmente. La memoria pública no se origina solo en los libros ni en los actos individuales, ni en las asociaciones de memoria ni en la existencia o no de ciertos historiadores y sus historias; eso forma parte únicamente de sus mimbres pero no lo es todo. La memoria histórica es objeto de construcción y en ella es erigida como memoria para ser comunicada en la pluralidad de redes que establece la sociedad en su intercambio simbólico y cognitivo. Van del libro a la estatua, del documental a la literatura, del museo al grafito, del santuario a la calle, a través de una construcción que no se realiza en el vacío o desde la elasticidad de la decisión política o académica pura y en la que las narrativas impuestas desde el sistema político juegan un papel clave. La reflexión y el debate sobre la memoria no constituyen en este sentido un recurso retorico. Las memorias y sus valores nos permiten establecer unos umbrales éticos sobre el pasado que son los que proyectamos hacia el presente y hacia el futuro. La memoria, pues, no es neutral, no puede serlo.

En este marco, Memoria del futuro nace con la voluntad de convertirse en un think tank, quiere vislumbrar futuros. Y queremos hacerlo analizando cómo se transmite a las nuevas generaciones la memoria republicana, la memoria antifascista, la memoria antifranquista, la memoria militante, y cómo se transmiten los valores democráticos, tanto desde la familia o desde la escuela como desde los medios de comunicación. Y lo hará promoviendo estudios que nos iluminen la situación al tiempo que nos permitan ver cuál es la salud democrática de nuestro país hoy y cómo se proyecta en el mañana.

2. ¿Qué memoria? La memoria republicana

Si pensáramos que las cuestiones referidas a la memoria histórica son solo asunto de los historiadores no escribiríamos este artículo ni llevaríamos adelante este proyecto. Creemos que la memoria es la base fundamental sobre la que construir proyectos de futuro y, por lo tanto, la memoria histórica de la izquierda constituye el pilar sobre el que construir un mundo mejor.

¿Cómo se construye una historia de la izquierda a lo largo de los tiempos y cómo se construye una memoria de izquierdas? Cada pueblo afronta sus problemas a partir de sus propias experiencias, aprendiendo también de experiencias ajenas, aunque al fin y al cabo se hace a base de pruebas y errores y también, por qué no decirlo, de accidentes y casualidades y, sobre todo, a partir de la acción consciente de los hombres y mujeres que conforman lo que llamamos “pueblo” acaban apareciendo nuevas síntesis que tejen una determinada mentalidad y una determinada cultura y, con ellas, memorias y proyectos. Memorias mirando al pasado y proyectos caminando hacia el futuro.

Sabemos que la lucha en pos de la construcción de un mundo mejor no empieza ahora ya que desde la noche de los tiempos han existido personas, organizaciones y movimientos que han dado lo mejor de sí para conseguir los grados de libertad de que gozamos hoy en día. Nos declaramos abiertamente herederos suyos y al mismo tiempo rendimos homenaje a todos ellos. La tradición ha sido reivindicada normalmente por quienes desean hallar en el pasado elementos que otorguen credibilidad y legitimidad a sus privilegios y sirvan de coartada a las injusticias. Sin embargo, existe otra forma de entender la relación con la tradición: se trata de analizar el pasado con los ojos de la razón y extraer enseñanzas sobre cómo se lucha por la mejora de la sociedad. Tradición pasada por el tamiz de la razón, como señalaba Pi i Margall, padre de todas las izquierdas.

No obstante, la memoria de la izquierda no se construye, o no puede construirse si no se quiere caer en las trampas de las memorias de los vencedores, tan solo desde las continuidades, únicamente desde lo que trascendió el continuum temporal, sino que también debe encontrar en los caminos extraviados y en los hilos que conducían a otros posibles futuros aquellas experiencias y valores que todavía son capaces de volver a activar nuevos futuros posibles.

En un país que no hubiera sufrido tantos traumas colectivos habría en todas las ciudades calles, plazas y monumentos dedicados a personas que con su esfuerzo han contribuido al progreso de la humanidad –no nos referimos aquí al progreso del sistema económico sino al progreso de las conciencias y de la vida material de la mayoría. Personas como Juan de Padilla, Juan Bravo, Francisco Maldonado, Alonso de Arreo, Joan Llorenç, Vicent Peris, Sebastià Estralau, Rafael Godai, Joan Carbonell, Joan Novis, Josep de la Trinxeria, Joan Petit, Antoni Francesc de Berenguer, Rafael Nebot, Josep Robrenyo, Antoni Puigblanch, Ramon Xauradó, Abdó Terrades, Narcís Monturiol, Francesc de Paula Cuello, Francesc Pi i Margall, Josep Narcís Roca Ferreras, Josep Anselm Clavé, Teresa Claramunt, Isabel Vilà, Ángeles López de Ayala, Josep Llunas i Pujals, Salvador Seguí, Rafael Campalans, Andreu Nin, Francesc Layret, Pablo Iglesias, Buenaventura Durruti, Federica Montseny, Lluís Companys, Manuel Serra i Moret, Josep Moix, Josep Miret, Mercè Núñez Targa, Joaquim Amat-Piniella, Gregorio López Raimundo, Miquel Núñez. Personas cuyos nombres nos resultan desconocidos en la mayor parte; veamos las causas.

 

Franquismo y Holocausto

Por mucho que se quiera reinventar una nueva realidad retrospectivamente sobre la configuración estructural de la II República y del Frente Popular, lo cierto es que la definición que se hacía oficialmente en aquel momento era: “La República que conciben los partidos republicanos no es una República dirigida por motivos sociales o económicos de clases, sino un régimen de libertad democrática, impulsada por razones de interés público y progreso social”.[5] Lo decía la editorial de un periódico republicano, en el preciso instante en que estaba naciendo la II República; en aquellos días se trataba de, “por encima de todo, cultura. Nada quedará del esfuerzo cívico de nuestros días sin la presión de un ambiente que nos conduzca a todos por los caminos más cálidos de la inteligencia”.

Lo que ocurrió después no fue sino que el pueblo, ante la traición de gran parte de los poderosos que optaron por el general Franco y el aniquilamiento de las instituciones y libertades, frenó el golpe de estado y llevó a cabo una revolución. Así se iniciaron tres años de lucha heroica que serían el preludio de la guerra mundial contra el fascismo. Centenares de miles de muertos, centenares de miles de exiliados, miles y miles de prisioneros en campos de concentración, en campos de trabajos forzados y en cárceles provocarán que una gran sensación de terror y miedo se instale en la sociedad. Las víctimas republicanas formaron parte, según Josep Fontana, de “un proyecto de exterminio colectivo”[6], de forma que “la violencia azul del verano de 1936 resulta ser el mayor crimen colectivo de la historia de de España: un crimen contra la humanidad que no tiene ni amnistía ni perdón”.[7]

Se intentó borrar en este sentido cualquier elemento de la identidad y de sus fuerzas avanzadas, que iban desde la escuela hasta el último rincón de la sociedad. Generaciones enteras de ciudadanos llegaron a desconocer la historia de su país, así como de sus constituciones e instituciones.

En los dos últimos siglos ha habido un gran número de golpes de estado, guerras, períodos autoritarios y conflictos de toda clase, pero en general, por muy cruentos que fuesen, carecieron de efectos sobre las continuidades en el conocimiento y la cultura y aún menos sobre la propia autoconciencia. Sin embargo, a la destrucción material que supuso el golpe de estado franquista y la guerra que trajo consigo hay que añadir una destrucción inmaterial. Pese a ser inmaterial, no hay que pensar que tales efectos inmateriales no dieron lugar a efectos prácticos. En este ambiente límite de la condición humana hay nombres propios de mujeres que sobresalen por su heroicidad, solo dos ejemplos: el de Josefa Ramos, que se incorporó a la resistencia en la zona de Gaillac y “pese a las heroicidades y proezas que le permitieron no ser detenida nunca por la Gestapo, ha muerto en el anonimato del exilio de Toulouse”[8]; y el de María Salvo, que después de pasar por campos de concentración franceses, fue condenada en España a treinta años de cárcel de los que cumplió dieciséis y no salió hasta 1958.[9] Pero la represión no se circunscribe a los años cuarenta o cincuenta, pues Domènec Martínez y toda la dirección de la UJCE fueron detenidos y torturados en abril de 1976 en la temible Dirección General de Seguridad de Madrid.[10] La visión de un franquismo represivo en sus inicios, ligada a la propia experiencia de una guerra, y suave en sus últimos años, caracterizados por el crecimiento económico, las vacaciones o el 600, es en este sentido un ejercicio de cinismo, ante la evidencia de que también en sus últimos años dicho régimen mantuvo su carácter sangriento.

 

El desconcierto

Dos factores han podido contribuir a crear, desde la izquierda, la debilidad y las desconexiones de su propia memoria. El primero, como hemos señalado, el miedo y en segundo lugar, y unido al primero, el desconocimiento. Tras 40 años de descerebramiento de todo un pueblo, los jóvenes antifranquistas no sabían que existía un hilo de la historia que había que seguir, que no eran los primeros sino los últimos de una larga cadena de personas y grupos que empujaban la historia hacia los derechos humanos y el futuro.

Varias generaciones se educaron –si es que la enseñanza franquista puede llamarse educación– y se informaron mal, muy mal. Ello ha creado un gran desconcierto. Max Aub fue seguramente uno de los primeros en percibir el cambio en la sociedad española; lo advirtió en una visita de tres meses a la España franquista en 1968. Pasó un mes en Madrid, un mes en Barcelona y otro en Valencia y de lo único que quedó convencido fue de que “estos jóvenes deberán volver a descubrir lo que sabíamos”.[11] ¿Qué es lo que no sabían aquellos jóvenes de 1968? Después de más de 30 años ¿lo sabemos nosotros? ¿Lo saben los jóvenes de hoy? Hay muchos agujeros negros. “Nada era según me han contado”, escribía Gregorio Morán.[12] Esta actitud determina, a nuestro parecer, muchos de los errores cometidos en la transición. Lo más significativo es que esa sensación nos la transmite Morán no en 1976 sino en 1998. Muy simbólico de lo que queremos defender aquí.

El problema es que 40 años después no hemos aprendido mucho. Además, esta situación de ver a oscuras posibilita muchas cortinas de humo y numerosas autojustificaciones increíbles; mientras algunos frivolizan, como Fabián Estapé al explicar que cuando jugaba al “millón” dejaba oir sus pisadas al vecino de abajo, que era Carrero Blanco,[13] otros ciudadanos seguían siendo prisioneros o ejecutados o torturados hasta 1977. Parece que todo lo que ahora tenemos procede de aquellos que evolucionaron del franquismo a partir de 1956[14]. Al olvidar el hilo de la historia, parece que con los actuales planteamientos posmodernos en nuestra cultura democrática todo empieza de nuevo, de las personas que evolucionaron desde dentro del franquismo. No es extraño que al fundamentar la cultura democrática en tal tradición existan hoy en la izquierda muchos agujeros negros. 

Además de esta desorientación respecto de dónde veníamos, en muy poco tiempo ocurrieron en España muchas cosas. Entre los años 1975 a 1981 asistimos al menos a seis fenómenos que –algunos de ellos– en los países del norte tardaron en producirse más de dos décadas. Todo ello en un marco presidido por la irrupción de todos los debates, ideas, libros, películas, etc., que se habían estado elaborando y discutiendo en otras partes durante cuarenta años. En primer lugar, la crisis del nacionalcatolicismo y de todo el vetusto régimen dictatorial propio del país. En segundo lugar, la efervescencia de las ideas comunistas, de la represión más salvaje a la hegemonía cultural del antifranquismo. En tercer lugar, la emergencia de lo que se denomina “nueva izquierda”. En cuarto lugar, la llegada de las ideas del denominado mayo de 1968, con cierto retraso, una generación que según Josep Fontana vivió “una llamarada inocua en que se quemaron inútilmente las aspiraciones de cambio social de las nuevas generaciones”.[15] Aunque, visto en perspectiva, demostraron un grado de idealismo e ingenuidad que para sí quisieran las políticas de izquierdas de hoy. En quinto lugar, el acceso al poder de esta generación con el único referente real de las formas de gobernar franquistas. Y, en último lugar, la caída del muro, que sucede en España casi diez años antes. Seguramente demasiadas cosas como para que una generación sin preparación las pudiera asumir y digerir con facilidad.

Así pues, a su llegada al poder experimentaron un gran desconcierto, “desorientación general de las izquierdas”,[16] cuando se toparon con la necesidad de gestionar la cotidianidad. Este desconcierto trajo consigo la aparición de la posmodernidad,[17] al apostar por políticas posmodernas en las que “no hay una diferencia clara entre la realidad y la ficción”.[18] Pasaron de querer cambiar el mundo a, solo, “interpretarlo”.[19] Se tenía una confianza ilimitada en la tarea de las instituciones producto de un ideologismo estatista y de un flagrante desconocimiento de la naturaleza del “poder”. Una ingenuidad derivada de la falta de referentes –ausencia de una generación anterior entrenada en la gestión institucional– mezclada con el cinismo de intentar gobernar sin controles cívicos, una de las herencias intangibles del franquismo y de la educación nacionalcatólica. Buen ejemplo de esta falta de criterio y conocimientos políticos fue el que cometió la izquierda al alcanzar el poder. Felipe González creía erróneamente que mediante una política de modernización física, material, del país se conseguiría la modernización de las mentalidades. Obviamente no ha sido así; el evidente cambio en el país no ha modernizado las mentalidades de una parte muy importante de la ciudadanía que aún demuestra comportamientos antidemocráticos palpables. González cambió de opinión y decía, en 2001, que el franquismo significó una “limpieza étnica” y “me siento, como decía, responsable de no haber suscitado un debate sobre nuestro pasado histórico, el franquismo y la guerra civil, en el momento en que probablemente era más oportuno” […]. No hubo, no ya exaltación, ni siquiera reconocimiento, de las víctimas del franquismo, y por eso hoy me siento responsable de parte de la pérdida de la memoria histórica, que permite que ahora la derecha se niegue a reconocer el horror que supuso la dictadura, y lo haga sin ninguna consecuencia desde el punto de vista electoral o social, sin que los jóvenes se conmuevan, porque ni siquiera conocen lo que ocurrió”.[20] A este cambio de actitud no debía ser ajeno haber descubierto cinco años antes, en 1996, al ser citado por el Tribunal Supremo a declarar con la posibilidad de procesarlo, que todavía había jueces muy comprometidos con la dictadura y tan siniestros como Roberto García Calvo.

Si querían modernizarse las mentalidades del país en primer lugar era necesario recuperar la memoria, saber la verdad. Ello habría posibilitado dos cosas. En primer lugar, impedir que volviesen las mismas ideas una vez terminaron las grandes movilizaciones de los años setenta. De hecho, el resurgimiento de un partido de extrema derecha como el PP, con diez millones de votos, puede adjudicarse a este error de planteamientos. Y, en segundo lugar, es que, sabiendo, habríamos sido mucho más exigentes con la democracia, con su participación y con su transparencia.

Para intentar hallar una explicación a la amnesia colectiva, algunos dicen, simplificando mucho la realidad, que los dirigentes traicionaron a la gente. No obstante, esta es una simplificación excesiva de la realidad. Esta afirmación presupondría que había dirigentes muy inteligentes, demasiado inteligentes, cuando, en realidad, si de algo podemos estar seguros es de que los dirigentes del antifranquismo, una vez inmersos en la democracia, no sabían nada. De hecho, fue algo de lo que quizá solo se dio cuenta a tiempo Gregorio López Raimundo, que al llegar los buenos tiempos anuncia que se retira aduciendo como razón precisamente su falta de preparación para actuar en democracia. Sus sucesores tampoco sabían, como demostraron poco después.

En realidad, pues, estamos ante una generación descerebrada, que había perdido el hilo de la historia, que no tenía referentes democráticos –la II República quedaba demasiado lejos– y no entendieron que debido a la naturaleza del poder –era de una ingenuidad abrumadora– ellos no cambiarían el poder sino que este los atraparía.

Hemos tardado unos años, aproximadamente unos diez, hasta que seguramente la balanza de las generaciones educadas en democracia empezaban a superar ya a las educadas durante el franquismo, cuando por fin se ha generado un gran debate sobre nuestra democracia y, a su vez, sobre la memoria democrática. Hace tiempo denominamos el fenómeno que estamos viviendo en los últimos años de revisión de nuestro pasado como “la revuelta de los nietos”, que significa ni más ni menos el fin del miedo, un miedo todavía hoy incrustado en lo más hondo del alma política y social de la mayor parte de ciudadanos de cincuenta años en adelante. La lucha por la democracia y la libertad no ha terminado, no termina nunca, y volvemos a hablar de lo que se hace o se debería hacer ahora en relación con esta cuestión. Los jóvenes sin miedo y desconcertados ante tantas pistas falsas han querido saber. Y han comenzado a hacer preguntas: ¿por qué mataron a mi abuelo?, ¿dónde está enterrado?, etc. Y se han quedado aterrados ante las respuestas recibidas. Algunos de ellos han empezado a investigar cosas que hasta hace poco eren tabú: campos de concentración franquistas, prisioneros en campos nazis, curas y delaciones; han organizado actos y han rendido homenajes a los escasos viejos resistentes que quedaban. De hecho, el clímax en la creación de asociaciones de memoria se produce en 2006, cuando los jóvenes nacidos en 1977 tenían treinta años.

 

Recuperar la ética civil republicana

El conocimiento del pasado no es solo el objeto del que viven y en el que se entretienen los historiadores sino la mirada ética sobre el presente. Al analizar el pasado, se acaban comprendiendo las causas que mueven a los hombres y necesariamente se termina extrayendo alguna idea sobre los valores que inspiraban aquellas acciones a aquellos hombres y a aquellas mujeres. Y, por lo tanto, un juicio moral. Es precisamente ese juicio moral el que después aplicaremos tanto a los hechos como a los hombres y mujeres de hoy y a los proyectos políticos, sociales y comunitarios que proponemos para el mañana y de los caminos para su alcance.

Ahora, cuando tanta gente dice que los republicanos y sus descendientes tienen que olvidar, hay que señalar que no se puede olvidar lo que no se sabe pero se ha vivido, y que para conseguir la serenidad primero es preciso saber, después reparar y por último, en su caso, olvidar. No hay olvido ni perdón sin voluntad de reparación. Además, en la esfera colectiva hay cosas que deben saberse y ser recordadas siempre.

Además, sabemos que la política, incluso en sus iniciativas más rupturistas con el pasado reciente, busca siempre el consenso y, al actuar especialmente sobre la memoria, pretende cerrar lo que no podrá cerrarse mientras el duelo colectivo se haya vivido, la justicia actúe y una sociedad haya establecido finalmente unos referentes democráticos sobre su propio pasado.

Cuando en un homenaje se ponen al mismo nivel –no es ningún ejemplo inventado– un soldado de la División Azul luciendo una esvástica que fue a combatir al lado de Hitler contra la URSS con un prisionero de un campo de concentración en Agde y militar de la Columna Leclerc que liberó París ¿qué mensaje moral –inmoral– estamos lanzando a las nuevas generaciones? ¿Acaso es lo mismo un nazi de las SS que una republicana en un campo de concentración nazi como Ravensbrück? El mensaje final que se da es: “Si hoy se diera un golpe de estado lo mejor que puede hacerse es colaborar con el fascismo, con la represión y la dictadura, que el día de mañana habrá gente que equiparará a víctimas con verdugos, los dos desfilarán juntos en una parada militar”.

En la revisión sobre el pasado no podemos cometer el error de seguir repitiendo las típicas frases del postrer franquismo cuando veía que llegaban tiempos nuevos: “Todas las víctimas son iguales”. No, digámoslo claro, son afirmaciones inmorales. ¿Debían los republicanos rendirse al fascismo? ¿Qué haríamos si hubiese otro Franco que diera un golpe de estado contra la democracia? ¿Nos mantendríamos quietos, esperando que nos fusilen por centenares en una plaza de toros como en Badajoz?

Pero si bien todas las víctimas tienen derecho a ser lloradas y enterradas, no es ético afirmar que todas las víctimas merecen homenajes. Aquí la distinción debería ser muy clara: solo pueden ocupar el espacio público los luchadores que combatían en el bando de la República y los luchadores del antifranquismo. En este sentido la memoria que reivindicamos lleva incorporada una cosmovisión, un conjunto de valores. Propondríamos los siguientes: republicanismo, laicidad, cultura, participación, organización, militancia, justicia, fraternidad, compromiso, librepensamiento, libre examen, generosidad, compañerismo, confianza, desinterés, idealismo, altruismo, desprendimiento y amistad. Se trataba de unos valores y unas actitudes que iban mucho más allá de la organización política. Lo expresaremos con palabras de Jorge Semprún: “Sin la generosidad y la abnegación y el sacrificio de tantos que lucharon por cambiar el mundo no se puede entender la historia del siglo XX”.[21] Aunque resulta evidente que hubo aspectos muy negativos en el antifranquismo, ya hay quienes sin hacer otra cosa vienen pregonándolo desde hace setenta años.

¿Son valores del pasado, como dicen algunos? Tal vez sí, aunque quizás nos iría mejor a todos en general, y a la izquierda en particular, si en lugar de querer partir de la nada, de querer descubrir América en cada paso y de querer situarse en la ciudadanía líquida, consiguiésemos recuperar algunos de los valores que a largo de los años han dado sentido a tantas vidas. Aquí hemos pasado de unas generaciones antifranquistas en las que las necesidades colectivas se antepusieron a las necesidades de realización individuales, a una apología infinita del individualismo y a las amistades líquidas. Puede que algún día encontremos entre todos un punto de equilibrio. Pocas generaciones habrán vivido un cambio tan repentino en las mentalidades colectivas como la nuestra. En muy poco tiempo se pasó de renunciar a todo por las necesidades comunitarias, la lucha por la libertad, al repliegue más salvaje, en los años ochenta, a la esfera del yo y de la felicidad individual. Tal vez nos demos cuenta de que la felicidad colectiva es imposible sin individuos felices, pero ahora también sabemos que la felicidad individual es imposible sin grandes dosis de felicidad pública.

De hecho, creemos que los jóvenes acaban construyendo un discurso –ahora le llaman relato– a partir de dos elementos. En primer lugar, y como decíamos antes, una fracción de la agenda política de un momento histórico se realiza en parte con lo que la generación anterior no ha logrado. El segundo es la propia agenda que incorporan y la respuesta a los problemas o nuevas sensibilidades. Las nuevas generaciones tienen que encontrar sus caminos y en parte deberán seguir el camino trazado, que no fue inventado por la generación anterior ni tampoco recorrerán solos los de ahora. En este marco, en España tenemos la ventaja de contar con una buena tradición de izquierdas. El problema es que no la conocemos. Existe una gran tradición de ideas, organizaciones y personas que a lo largo de siglos han luchado por conseguir cuanto puede parecernos bien de esta sociedad: libertad –asociación, reunión, expresión, etc.–, derechos sociales –escuelas para todos, universalización de la sanidad pública, pensiones, las ocho horas, derechos laborales, etc. Todos estos aspectos de la vida ciudadana se han logrado por la lucha altruista y entusiasta de una parte muy importante del pueblo. Muchas personas se han dejado la piel en este combate. Sin embargo, que se hayan conseguido muchas cosas no significa que la lucha haya terminado ni que hayamos llegado al fin de la historia. En todos y cada uno de estos aspectos estamos a medio camino. En el terreno de las libertades individuales y en el de la igualdad todo está medio embastado. Que toda una generación considere que estamos mucho mejor que durante el franquismo parece hoy una obviedad muy manida. No puede ser una coartada para no ir más allá. Es más, en el estado actual de nuestro país y en los futuros que se vislumbran para las nuevas generaciones esta afirmación puede convertirse en una retórica vacía de contenido, cuando no en la legitimación de un sistema que no parece ser capaz de ofrecer ningún tipo de futuro. En este marco, la memoria del futuro debe tener en cuenta que los caminos hacia él pueden volverse imposibles sin una mirada al pasado que nos permita estar atentos a los peligros que pueden aparecer.

Cuando el historiador francés Marc Bloch, justo antes de entrar en la resistencia, observaba la entrada triunfal de los nazis en París en junio de 1940, un joven soldado a su lado hizo una reflexión que llevaría a Bloch a escribir La extraña derrota y Apología para la historia o el oficio del historiador[22]poco antes de morir él mismo a manos de la Gestapo. Lo que dijo el joven soldado ante la visión de lo que parecía un imposible era sencillo y complejo al mismo tiempo: “Tendremos que pensar que la historia nos ha engañado”[23]. Y es que, tal y como reflexionó Bloch partiendo de esa frase, lo cierto era que el relato del pasado instituido en Francia no solo no les había preparado para aquella posible derrota sino que los había desarmado frente a la misma. Una visión del pasado, el presente y el futuro marcada por la misma idea de progreso, progreso material que era entendido sin mediación como progreso civilizatorio, en el que el pasado era tan solo un relato de crecimiento productivo y moral hacia un presente que se constituía como tránsito a un futuro que consumaba la incesante continuidad del progreso. Una visión y una narrativa memorial en las que no cabía la posibilidad de que aquellos, los fascistas, que impugnaban la modernidad in toto, dominasen el presente. Fue en aquel momento cuando el futuro desapareció como perspectiva por unos instantes, los que mediaron prácticamente entre la caída de Francia en 1940 y la derrota de los nazis en Stalingrado en 1943, y la mirada hacia el pasado cambió en la primera gran crisis del proyecto de la modernidad que llevó a la Segunda Guerra Mundial y a millones de muertos. De nuevo, décadas más tarde, el mito del progreso, del futuro como espacio de realización final de lo que no existe y por el que hemos de sacrificar el presente, a finales del siglo XX había sufrido tal erosión que ya no era sostenible con la fuerza con que lo había sido a principios del siglo pasado. La crisis del modelo de crecimiento económico posterior a la Segunda Guerra Mundial, los límites del crecimiento en relación con la naturaleza y la propia transformación de los modelos productivos y relacionales en la sociedad, así como de las percepciones culturales, condujeron a una constante reducción de las perspectivas vitales en este sentido. De hecho, lo que hemos vivido desde los años noventa hasta la actual crisis, más que una apología del futuro y del progreso ha sido una apología del presente, que se inició precisamente con la postulación del “fin de la historia”, a partir de la idea de que la misma había alcanzado su culminación con el fin del comunismo y la expansión incesante del modelo neoliberal sobre el planeta.[24] Una apología del presente que necesita una visión del pasado como barbarie, en el que si ya difícilmente el futuro puede convertirse en un principio de movilización cargado de promesas, como mínimo la superación de un pasado repleto de irracionalidad y terror devenga la autosatisfacción de nuestros días. En este marco, el pasado es rememorable como reconocimiento de su victimario, en un proceso en que se ha extraído del mismo toda su carga de caminos posibles que aún podrían activarse en nuestro presente para vivir futuros deseables. En un proceso de construcción memorial que ha desarmado el propio presente, pues lo que ha sucedido, una crisis sistémica que amenaza convertirse en crisis civilizatoria, cuando la misma entre en su vertiente de crisis ecológica, energética y alimenticia, no entraba en las posibilidades del relato instituido. Frente a esta mirada al pasado, los movimientos memoriales, y parte de las mismas políticas memoriales, han instituido otra posible vía. Una en la que la mirada al pasado que atrapa cada vez más a nuestras sociedades, ante el hecho de que el futuro cada vez parece más vedado como espacio de realización, abre vías para activar ese pasado en el presente, para activar lo que podría haber sido de nuevo en lo que podría ser. Un impulso que demanda la construcción de memorias que estén a la altura de los retos de nuestro presente. Finalmente, deberíamos poder esperar, en el proceso de esta crisis que requiere una nueva memoria, no tener que volver la vista a las viejas palabras de Marc Bloch, escritas desde la ética civil republicana, en las horas oscuras de su presente, como un lamento propio:

“Todo eso lo sabíamos. Y, no obstante, por pereza, por aburrimiento, hemos dejado que sucediera. […] No nos hemos atrevido a ser en la plaza pública la voz que clama al principio en el desierto pero que, por lo menos, sea cuál sea su suerte final, siempre le quedará el consuelo de haber expresado su credo. Preferimos encerrarnos en la quietud de nuestros talleres […]. En la mayor parte de los casos solo nos queda el consuelo de decir que fuimos buenos obreros. Pero ¿fuimos siempre también buenos ciudadanos?”.[25]

Final

Una de las frases que mayor fortuna han hecho sobre el franquismo es la que escribió Manolo Vázquez Montalbán “contra Franco se luchaba mejor”. En su momento planteaba poéticamente el problema de su desorientación y la de mucha gente una vez llegada la democracia. Resulta evidente que ahora todo es mucho más complicado, se requieren respuestas complejas y en la lucha por la memoria republicana aún más. Para saber cómo actuar en la sociedad de hoy proponemos Memoria del futuro.

Las personas impulsoras de Memoria del futuro creemos que una de sus funciones es investigar aquellos aspectos en que el hilo de la historia se ha roto y conseguir enlazar la transmisión natural del saber con las herramientas de la ciencia. Intentaremos, por tanto, impulsar la memoria militante, una cuestión que, por su ausencia, conforma, queramos o no, nuestra mentalidad colectiva de hoy.

La pérdida de la memoria histórica no afecta solamente a la guerra contra el fascismo o a la República; afecta también a todo nuestro horizonte cultural, político e ideológico. Aquellos hombres de antes de 1939 sabían de modo natural de dónde procedía su tradición, poseían una memoria militante, en gran parte coincidente con lo que, tras un considerable número de rigurosos estudios, ahora sabemos.

Hay que juzgar a la historia y a sus protagonistas no en función de si tuvieron éxito o no, un éxito inmediato o no, puesto que la historia también es obra de quienes lo intentaron equivocándose, la historia no es lineal. Cuando se intenta una aventura innovadora nadie puede prever su resultado, juzgarlo después es muy fácil. Solo el hecho de pensar que las cosas no son necesariamente como son, sino que podrían ser de otra forma, ya es una buena manera de aportación social y política.

 

Entre las ideas del progresismo –la democracia, el republicanismo, el socialismo utópico, el movimiento obrero– nosotros añadiríamos el socialismo, el comunismo, el sindicalismo, el anarquismo, el cooperativismo, el neodarwinismo, el naturismo, el feminismo, así como el conjunto de ideas que se oponían a los poderes económicos y al poder de la iglesia católica. Formas de pensar y organizaciones en las que muchas veces hemos buscado más las diferencias en lugar de verlo como un espacio donde, como escribía Josep Fontana, “no siempre resulta fácil establecer fronteras entre estos campos”.[26]

Estamos seguros de que las luchas han merecido la pena; de no ser por los resistentes –en una u otra opción ideológica resistente– hoy no habríamos recuperado la libertad ni la democracia.

Queremos superar los esquemas simplistas y los clichés dogmáticos, única forma de desvelar la razón crítica que, utilizando, entre otras, la memoria como herramienta de conocimiento, nos permite la plasmación del proceso de construcción del futuro. Esto podemos hacerlo también en el caso del rol que desempeñan y han desempeñado los jóvenes. Reivindicamos la memoria democrática, que es la memoria republicana, laica y de izquierdas. No eran todos iguales; nosotros somos sus nietos, los reivindicamos.

Nos planteamos descubrir cómo en las situaciones más difíciles se mantiene la llama de la libertad y la justicia que fundamentan los valores y actitudes en la memoria militante.[27]

La memoria democrática debería posibilitarnos el reencuentro con la ética civil republicana. Reivindicamos la memoria porque fundamentamos nuestro umbral ético en la mirada sobre el pasado. Y este umbral ético es el que proyectamos a los hechos de hoy y a los que proyectamos al mañana y a pasado mañana. 

Memoria del futuro quiere ser un espacio para el atrevimiento, la imaginación y la reflexión que se halla justo en donde el conocimiento y la sociedad se cruzan; esperamos hacerlo desde el pensamiento crítico, aquel que es inseparable de la acción en libertad.



[1]              J. Amat-Piniella: Les llunyanies, poemes de l’exili. Columna-L’Albí, 1999. Edición de David Serrano.

2]              Josep Fontana: “ʻL’espai viscut’ i la fi de la història”, en L’Avenç, abril de 1991, nº 147, Barcelona, p. 67.

[3]              Jordi Serrano, “Entrevista a Josep Fontana”, en Espai de Llibertat. Barcelona, Fundación Ferrer i Guàrdia, nº 12, cuarto trimestre de 1998, p. 29.

[4]              Eric Hobsbawm: Sobre la historia. Ed. Crítica, Barcelona, 1998, pp. 134-140.

[5]           Josep Fontana, Julio de 1936”, Público, 29 de junio de 2010.

[6]           Ibidem.

[7]              Ibidem.

[8]              David Serrano: “Maria Salvo, Neus Català i Josefa Ramos”, en El 9Punt, 10 de noviembre de 2002, p. 6. Testimonio del destacado y al mismo tiempo olvidado papel de las mujeres es la novela de Teresa Pàmies: Dona de pres, Proa, Barcelona, 1976.

[9]              Ver el estremecedor relato de María Salvo en: Asociación Catalana de Ex Presos Políticos: Notícia de la negra nit. Vides i veus a las presons franquistes (1939-1959). Diputación de Barcelona, Barcelona, 2001; y J. L. Martín Ramos y Gabriel Pernau: Les veus de la presó. Edicions la Campana, Barcelona, 2003, p. 85. Sobre el importante y heroico papel de las mujeres, ver, por ejemplo: Fernanda Romeu: Mujeres contra el franquismo, Fernanda Romeu edit., 1994, y David Serrano: Les dones als camps nazis. Editorial Pòrtic, Barcelona, 2003. Para una visión general de la irrupción de las mujeres en la política véase Teresa Pàmies: Quan érem capitans. Proa, Barcelona, 1984.

[10]             Jordi Serrano: “La transició democràtica: el cas Domènec Martínez”. Espai de Llibertat, Fundación Ferrer i Guàrdia, 1º trimestre de 1999, pp. 27 a 32. Ver reproducción de la carta y respuesta del propio Domènec Martínez.

[11]             Max Aub: La gallina ciega. Diario español. Alba Editorial, Barcelona, 1995.

[12]             Gregorio Morán: El maestro en el erial. Tusquets, Barcelona, 1998, pp. 12-13.

[13]             Fabián Estapé: De tots colors. Edicions 62, Barcelona, 2000. El ruido de las pisadas de Estapé al parecer podía molestar a Carrero Blanco.

[14]             Morán, op. cit., p. 524.

[15]             Josep Fontana (entrevista): Espai de Llibertat, 1998, nº 12, p. 29.

[16]             Jean Bricmont y Alan Sokal: Impostures intel·lectuals. Empúries, Barcelona, 1999, p. 254.

[17]             Op. cit., p. 245.

[18]             Eric Hobsbawm: Sobre la historia. Crítica, Barcelona, 1998, p. 18.

[19]             Op. cit., p. 143.

[20]             Felipe González, Juan Luis Cebrián: El futuro no es lo que era. Aguilar, Madrid, 2001, pp. 30-36.

[21]             Se refería al ideal comunista pero podemos hacerlo extensivo a todos los luchadores. “Entrevista a Jorge Semprún”, El País, 4 de septiembre de 2003, p. 29.

[22]             Bloch, M., La extraña derrota, Barcelona, Crítica, 2002; Bloch, M., Apología para la historia o el oficio del historiador. Fondo de Cultura Económica, México, 1996.

[23]             Bloch, M., Apología para la historia o el oficio de historiador, FCE, México, 1996, p. 122.

[24]             Ver al respecto: Fontana, J., La història després de la fi de la història. Vic, Eumo, 1992.

[25]             Bloch, M., La extraña derrota..., pp. 163-164.

[26]             Josep Fontana, en Genís Barnosell: Orígens del sindicalisme català. Vic, Eumo, 1999, p. 7; Àngel Duarte: El republicanisme català a la fi del segle XIX. Vic, Eumo, 1987, p. 47.

[27]            He desarrollado el efecto de la desmemoria en los jóvenes en Jordi Serrano i Blanquer: “La memòria, la desmemòria, la Transició i els joves”, en Mayayo, Andreu y otros (ed.): Memòria de la transició a Espanya i a Catalunya. Els joves de la transició. Barcelona, Ediciones Universidad de Barcelona, 2003.